Los transgénicos son las semillas modificadas genéticamente que existen desde los años 90, y que aún cuentan con gran resistencia para introducirse en el mercado, sobre todo en la UE. Pese a todo su avance es imparable a pesar de la aversión de muchos grupos ecologistas y científicos.
En el planeta hay 170,3 millones de hectáreas de cultivos transgénicos que se distribuyen de la siguiente manera:
- EEUU: 69, 5 millones de hectáreas
- Brasil: 36,6 millones de hectáreas
- Argentina: 23,9 millones de hectáreas
- Canadá: 11,6 millones de hectáreas
Las naciones en vías de desarrollo cultivan una superficie mayor (52%) que las desarrolladas (48%). EEUU es una pieza importante en el cultivo de transgénicos, pero todas las dudas que suscitan los mismos ponen a presión a la poderosa industria alimentaria estadounidense para que informe en la etiquetas de sus productos de los contenidos transgénicos.
Entre las seis empresas más importantes tenemos a Monsanto, Dupont, Bayer, Syngenta, Basf y Dow Agrosciences que controlan el 60% del mercado mundial de las semillas y el 66 % de los agroquímicos. Es decir no sólo venden la semilla sino también el pesticida necesario, ya que los transgénicos son más resistentes a los herbicidas habituales.
Empresas como Monsanto usan su monopolio en sus semillas para subir los precios de las variedades genéticamente modificadas, y sacar del mercado a muchas de las no transgénicas. Además atacan a científicos independientes cuando estos encuentran efectos nocivos en sus semillas, llegando incluso a hacer que pierdan sus puestos de trabajo.
Fundamentalmente se comercializan dos tratamientos genéticos en la agricultura modificada: uno aumenta la resistencia a los herbicidas y otro aumenta la resistencia a los insectos. Todo lo cual permite aumentar la dosis de herbicida sin estropear la cosecha.
Algunos científicos han confirmado que estas semillas son perjudiciales, pues aparte de los motivos anteriores alteran la polinización natural y agotan en dos o tres cosechas el suelo, haciéndolo estéril.
Aunque se dijo que las semillas transgénicas se desarrollaron para acabar con el hambre en el mundo, el 90% de los cultivos transgénicos se dedica a la colza, al maíz, a la soja y al algodón, que se utilizan fundamentalmente para la industria textil, la alimentación de ganado y los combustibles biodiesel.
Estas multinacionales actúan con el binomio herbicida-semilla, así Monsanto comercializa Roundup un potente herbicida y a la vez vende semillas a través de Round Ready (soja, algodón, colza, azúcar, alfalfa y maíz). Es decir, domina toda la cadena. Por otro lado la semillas transgénicas son más caras que las naturales, entre un 20% y un 40 % y además cuando los agricultores compran alguna de estas semilla, firman un acuerdo, que establece que no pueden guardar simientes para resembrar obligándoles a comprar semillas cada año.
En la UE la situación legal es confusa, sólo permite dos cultivos: uno es un tipo de patata creada por Basf y una clase de maíz ( mon810) diseñado por Monsanto, que es resistente a la plaga del taladro. Por todo ello, la grandes compañías emigran a latinoamerica donde la legislación es más permisiva y pueden asentarse más fácilmente.
Estamos ante un problema grave que si se extiende como parece, dará a estas multinacionales el control mundial de la alimentación, un imperialismo sin usar la fuerza.
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